Cuento: Mesa para uno

Llegó diez minutos antes, como siempre. Vestía su único traje, color azul con parches de gamuza gris en los codos. La corbata favorita de su esposa lo acompañaba, mientras su calzado mostraba indicios del tiempo. Se detuvo en la puerta. La ambulancia estaba estacionada en su lugar, lista. Hay mucha gente hoy, pensó mientras se acomodaba los gemelos de la camisa. La fila avanzó un poco lento. La anfitriona revisaba los formularios de una pareja. Sabía que eran novatos por cómo miraban de un lado a otro, sin saber qué esperar.

Inspeccionó el menú. Todo se leía delicioso, una cena hecha para morirse.
Comenzó a salivar y tomó su copa de vino. Acomodó la servilleta sobre sus piernas y notó que estaba rodeado de caras desconocidas. Había algunas mesas ocupadas por parejas, pero en la mayoría sólo se sentaba uno. Vestían sus mejores prendas y todos callaban un deseo. Una señora, con el cabello teñido de rosa pastel, encontró su mirada y le regaló una sonrisa cómplice. Los dos se desearon suerte. El mesero puso frente a él una ensalada César. Un pedazo de lechuga romana crujió entre sus dientes y el queso parmesano con aderezo a base de ajo inundó su paladar. Disfrutó de cada mordida como si fuera la última. Al terminar, llegó frente a él una gran porción de lasaña junto con una canasta de pan de ajo. El primer bocado le supo amargo y sonrió. Hoy puede ser el día.

Alguien a su izquierda comenzó a toser incontrolablemente. Siguió masticando y volteó al escuchar un golpe seco contra el suelo, admiró cómo se convulsionaba la señora de cabello rosa pastel. Cinco meseros rodearon la mesa de la moribunda mientras los paramédicos esperaban la señal de la anfitriona para entrar. Los meseros comenzaron a golpear las charolas con las manos y, de repente, las dejaron caer. El estruendo llenó el restaurante. Los paramédicos se acercaron al
cuerpo y en cuanto lo acomodaron en la camilla, todos se pusieron de pie. Esperaron a que se retiraran para aplaudir. Él tomó asiento. Limpió su plato con el pan, no podía sobrar nada. Respiró profundo, tenía un sabor metálico en la lengua y cerró los ojos. Al abrirlos, se encontró con una copa de helado de menta con chocolate, el favorito de Dolores. Cuando aún vivía, siempre habían tenido un litro en la nevera sin falta. Conforme fue decayendo su salud, y aún hacia el final, lo compartían desde el envase. Tomó la cuchara y llevó el helado a su boca. Sintió como si algo le apretara el corazón.

—¿Cómo estuvo el servicio hoy?— la anfitriona lo saludó cuando se acercó a la
salida.

—Muy bien, m’ija.

—¿Lo esperamos mañana?

—Mesa de siempre, por favor.

—Con gusto, ¿sería el menú ruleta rusa para uno o lo esperamos con un acompañante?

—Solo.

La anfitriona le abrió la puerta. Vio que una ambulancia nueva esperaba, estacionada afuera, paciente. Sonrió al verla, tal vez mañana sea mi día de suerte.

Cuento: Guardián

Marissa podía escuchar la pelea hasta el área de las jaulas. No contaba con mucho tiempo. No lograrían evitar que el señor Marín se llevara a su perro, no importaba que hace dos días lo hubieran recogido de la calle con una pata fracturada, un ojo medio ciego y dientes tumbados. El asilo tenía sobrecupo y no contaba con los recursos para atenderlos a todos.

—Tenemos que hacer lo mejor con lo que tenemos— le repetía el veterinario, sombrío, a su asistente.

El labrador la miró nervioso cuando abrió la puerta de su jaula pero dejó que se acercara para acariciarle entre las orejas, en ese punto que ningún perro resiste. Marissa tomó asiento dentro de la jaula, su pulso se aceleraba. El animal se le acercó más para que le acariciara el cuello y después el lomo. Tenía el pelo tieso y cerca de las patas se le formaban rastas. Marissa lo abrazó y el perro le lamió el cachete. No chilló cuando la aguja penetró su piel, estaba distraído. Se quedó sentada con él, quería que sus últimos momentos estuvieran llenos de amor. Sacó un premio que tenía guardado en la bata y se lo dio. Mientras el perro masticaba, ella le besó entre los ojos y salió de la jaula. Tres minutos pensó mientras cerraba con llave, su respiración seguía agitada. El latido del labrador cesaría paulatinamente. Nunca volverá a sentir dolor ni miedo, pensó al alejarse.

Se dirigió al otro cuarto en donde se encontraban las jaulas más pequeñas que contenían, en su mayoría, gatos. Empezó a checar la tabla de medicamentos, a hacer su ronda. Los gritos seguían escuchándose desde la recepción pero ya no le importaban.

—Hicimos todo lo que estaba en nuestras manos pero llegó muy mal— le diría el veterinario al dueño cuando encontraran el cadáver.

El señor Marín les prometería llamar a la policía pero todos sabían que era una amenaza falsa porque entonces comenzarían a hacer preguntas. Eso no le convenía. Le ofreceremos cremarlo pero nos mandará al carajo y nunca más sabremos de él pensó mientras desechaba la aguja. Se puso los guantes para empezar a atender a sus pacientes felinos.

Esa noche, Marissa llegó corriendo a su casa y se fue directo al cuarto. Se hincó y sacó, de debajo de la cama, una caja de madera desgastada de más de sesenta centímetros de largo y treinta de ancho. La recorrió con una mano mientras su respiración se calmaba. De su bolsa sacó un collar de cuero grueso color café obscuro y con una placa que decía “Dozer”. Abrió la caja y su corazón comenzó a acelerarse. Se sentía en las nubes cada vez que admiraba su colección de collares. Eran de todos los tamaños, gruesos y colores. La mayoría con placas en donde se leían una variedad de nombres: Manchi, Tizón, Chulo, Magno, Bamby, Alaska, Caimán, Chewy, Gordo, Kahlua, Monty, Fi-fí,… Recorrió las hileras con el dedo, ya son más de treinta pensó mientras acomodaba el de Dozer. Ya no sienten dolor, ni miedo.

Al fondo había un collar pequeño, de color rosa con manchas obscuras y muy desgastado. Una plaquita colgaba de él: “Coco”. Se le llenaron los ojos de lágrimas al tomarlo, pobre Coco. Besó la placa y cerró los ojos. Algunas noches podía escuchar el eco de los golpes contra la puerta. Había comenzado a cerrarla con llave a los 12 pero nunca pudo detener a su padre. Marissa se levantó la manga del brazo derecho, había cicatrices que el tiempo seguía sin borrar. Volteó el collar entre los dedos mientras las lágrimas recorrían sus mejillas. Pobre Coco, siempre fiel. Guardó el collar en la parte de atrás de la caja, se limpió las lágrimas con la mano y recorrió su colección por última vez antes de guardarla. El celular la sacó de se trance, era su jefe.

—Marissa, necesito que te regreses.

—¿Por qué?

—Decomisaron unos perros que usaban para peleas y los van a llevar al asilo. Necesito a todo el equipo.

El pulso de Marissa comenzó a acelerarse.

—Está bien, te veo en un rato.

Colgó. El pecho le dolía y no podía controlar su respiración. Se paró y comenzó a caminar de un lado a otro como león enjaulado. Pobres animales, han de sentir tanto miedo, tanto enojo…

Cuento: Giselle

—¿Cómo sientes la venda? —me pregunta Laura mientras nos acomodamos en el escenario.

—Apretada, no me gusta.

—Se supone que así te da más soporte y cuando brinques, no te va a doler tanto.

Examino mi zapato, no estoy convencida.

—Puedo ver la venda a través de las medias, se ve horrible.

—Nadie más se va a dar cuenta —mira mi pie de reojo —si quieres, repasamos.

—Sí — respiro profundo —OK, empezamos en tercera posición.

Acomodo mis pies uno frente al otro con los brazos a los lados, palmas hacia arriba.

—Acuérdate de contar cinco segundos antes de saltar.

—Si, ya sé. Tú, mantén tu pierna derecha, ayer doblaste un poco la rodilla cuando estabas en el aire.

—Te apuesto que Elisa se va a adelantar otra vez —me susurra Laura porque está cerca de nosotras —Ayer hasta me pegó, ella jura que todo lo hace perfecto.

—¿Por qué nos tocó al lado de ella? ¡Es tan torpe!

Las demás bailarinas se acomodan en sus filas, silenciosas. Aún en la obscuridad nuestros tutús blancos brillan, parecemos espíritus cuando el tul se mueve. Laura comienza a estirarse para mantenerse caliente pero yo sigo viendo mi tobillo, está gordo.

—Cuando la música haya llegado al crescendo ya debemos estar en círculo— sigo repasando la coreografía.

—Los brazos derechos pero flojos —Laura se mueve de lado a lado, imitando la voz de Madame —deja que fluyan con los violines, suavemente, hacia dentro y hacia fuera.

Nuestras miradas se encuentran y nos gana la risa. Puedo sentir cómo nos voltean a ver algunas bailarinas, pero no me importa.

—Cuando hacemos los bourrée couru, ¿no te molesta el tobillo?

Me pongo de puntas por unos segundos y me muevo de lado a lado.

—No, porque es rápido.

—Bueno, ya bájate para que no te canses.

—Después damos una vuelta y regresamos de puntas al centro del círculo.

—Ah, y acuérdate que cierta persona —Laura señala a Elisa —nunca se tuerce para dejar pasar cuando nos vamos intercalando.

—¿Por qué nos tiene que complicar las cosas así?

Suspiro profundamente, me está dando comezón en el pie. La orquesta empieza a calentar, poco a poco la cacofonía va tomando forma lo que inquieta a los espíritus a mi alrededor.

—¿Qué sigue?

—Caminamos rápido por la izquierda del escenario para formar la fila larga.

—Las grand jeté —digo nerviosa, mirando mi tobillo.

—Sólo respira profundo antes de brincar y ya —me dice Laura, tratando de animarme —y cuando aterrices no dejes de sonreír.

—¿Crees que se dé cuenta Madame si no sonrío aunque sea por un segundo?

—No se le va nada, ayer me encontré a María llorando en el baño, Madame la regañó por bajar un poco los brazos a media vuelta.

—Está bien, seguiré sonriendo aunque se me rompa el tobillo.

—No exageres. Después sale Susy al escenario y empezamos a girar a su alrededor.

—Giramos y giramos…

—Baila entre nosotras hasta llegar adelante.

—Y por último formamos las dos hileras para ir saliendo del escenario en pas de basque.

La orquesta se calla abruptamente y el silencio es tan frío como la mirada de Madame, quien nos escudriña desde los bastidores.

—¿Segura que es todo? —le pregunto a Laura.

—Si, Susy termina el acto sola.

—En dos minutos se abre el telón —nos informa Madame —fórmense y tomen su distancia.

—Si, Madame —decimos todas en unisono.

Mano derecha al frente, mano izquierda hacia el lado. Laura me aprieta el hombro.

—La mano de Elisa está sudada —susurra.

Hago un gran esfuerzo por no reírme fuerte porque sé que Madame me está observando detenidamente.

—Todas se van a ver mal porque te vas a rezagar —me había dicho en los vestidores —eres muy egoísta.

—No me duele tanto —mentí —no quiero perderme la presentación de hoy.

Las medias me están dando calor, el tutú me aprieta… sólo son nervios. Respira profundo: inhala… tres… dos… uno… exhala. Acomodo mis pies uno frente al otro con los brazos a los lados, palmas hacia arriba.

—Y no olviden sonreír.

Comienza la música, se abre el telón.

 

D.R Merce Garcés.